LA RELIGIÓN CELTA

La religión celta tenía dos niveles: el nivel común, asequible para toda la población, y el esotérico, reservado para los druidas, los sacerdotes encargados de la educación. Según algunos autores, la separación en dos niveles podría provenir del nivel intelectual de cada sujeto, situándolo por encima de otros, a diferencia de la cultura helenística y sus sumos sacerdotes (Arancil, 1992: p. 30).

El nivel que estaba al alcance de todos tenía un papel sincrético, pues se encargaba de reunir ritos y cultos que procedían de religiones aún más antiguas, de donde, según Miquel G. Arancil (1992: p. 30), “adaptaron los cultos solares, lunares y telúricos, que después fueron sincretizados por el cristianismo”. Los cultos de las religiones más antiguas traían consigo las creencias sobre el agua sagrada, el culto a los árboles y las divinidades maternas. Es de estas tradiciones de las que nace la magia y la adivinación.

El druidismo

Las doctrinas secretas de estos sacerdotes son equiparables con las prácticas de los brahamanes indios y los sacerdotes egipcios. Existe un idealismo infundido por los celtas respecto a la religión naturalista, como dice M. Fontrodona, citado por Miquel G. Aracil en El enigma celta (1992: p. 69): “Las enseñanzas de los druidas injertaron nueva savia, y un notorio caudal de idealismo en los esquemas de los ritos y los mitos de estas gentes, aunque no pudieron borrar su ferviente naturalismo”.

Sobre los aspectos jerárquicos del druidismo, Julio César nos cuenta en La Guerra de las Galias (1986: pp. 99-100) lo siguiente: “A todos los druidas preside uno con autoridad suprema. Muerto este, le sucede quien a los demás se aventaja en prendas. En caso de haber muchos iguales, se hace la elección por votos de los druidas”. También se tiene constancia de la existencia de druidesas, sacerdotisas de las que se ha escrito más bien poco. Sabemos que los hombres eran excluidos de sus colegios, que vestían con túnica negra y que en ocasiones hacían voto de castidad, aunque no siempre (Aracil, 1992: p. 80). Los textos vernáculos irlandeses aluden a la figura de druidesas, de las que se asegura que eran también poetisas. Sin embargo, los testimonios recogidos por la literatura clásica señalan que estas sacerdotisas tenían un poder comparable al de su contraparte masculina, a diferencia de Roma y Grecia, donde la contribución más importante de las mujeres a la vida pública era su actividad religiosa, pues ni siquiera podían aspirar a recibir la ciudadanía (2010: p. 93-94).

Existen muchas teorías para referirse a la raíz etimológica de la palabra “druida”. Se dice que podría venir del céltico “derv” y “Dru”, cuya traducción sería “roble”, lo que podría ser perfectamente justificable dada la inclinación de los druidas hacia la adoración de los árboles y por la tendencia que tenían estos personajes de celebrar ceremonias sagradas en las profundidades de los bosques. También se dice que el origen de la palabra podría radicar en el escandinavo “drot” y “drutt”, que podrían traducirse como “maestro” o “señor”. Otra teoría, apoyada por T. Thurneysen nos dice que la palabra “dru” podría significar “conocimiento profundo”, aludiendo así a la sabiduría de estos sacerdotes (Aracil, 1992: p. 70).

Los autores clásicos nos dicen con toda certeza que los druidas creían en la inmortalidad del alma, así como de la materia, que creían específicamente en la metempsicosis. Es incierto el origen del druidismo dentro de la cultura celta, pues se sabe por algunos autores que estos no conocieron el druidismo hasta el siglo III d. C., aunque otros hacen referencia a los druidas ya en el s. IV (1992: p. 70).

Los druidas tenían el acceso de primera mano al conocimiento, los ritos religiosos y la ciencia. Sin embargo, también tenían un poder político, judicial y administrativo, por lo que actuaban como auténticos árbitros en cuestiones de guerra y paz, como dice Miquel G. Aracil: “En sus largas meditaciones en lo más profundo del bosque, los druidas decidían si debía haber guerra o por el contrario paz” (1992: p. 71). De la misma forma, tenían gran autoridad, pues los guerreros debían obedecerlos, demostrando que los druidas tenían un importante papel como consejeros y como jueces.

No hay ningún texto que contenga la enseñanza de los druidas, pues ellos transmitían su doctrina de forma oral a sus discípulos. Debido a la firme creencia que tenían en la inmortalidad del alma, carecían de temor hacia la muerte y, de hecho, mostraban gran interés por el más allá. El interés de los druidas por la vida en todas sus manifestaciones nos habla sobre un profundo sentido de unidad con el Universo (1992: p. 73).

La desaparición de los druidas

Se cree que fue obra de los emperadores romanos; sin embargo, es probable que no haya sido así, pues se sabe que los autores clásicos sentían un profundo respeto por la sabiduría druídica, a la que podrían no haber perseguido. Cabe destacar que gran parte de la nobleza local adoptó los valores romanos, lo que sí podría haber contribuido al declive de dicha cultura (Nat. Geo., 2014). Hay que hacer hincapié en que los romanos, antes del cristianismo, tenían cierta tolerancia religiosa.

La llegada del cristianismo contribuyó definitivamente a la desaparición de esta doctrina (1992: p. 78). Se tiene constancia de que algunas deidades celtas fueron asimiladas por el cristianismo, como es el caso de la diosa Dana, también llamada Brigit, hija de Dagda, el dios supremo, que fue convertida en Santa Brígida, a quien se le comenzaron a transferir atributos de la diosa celta por motivos sincréticos (Rolleston, 2016: p. 18). Se conoce que, durante la Europa feudal, hubo brotes de la religión druida pero, como paganos, fueron perseguidos incesantemente por la Iglesia Católica (1992: p. 78).


BIBLIOGRAFÍA

Aracil, M. (1992). El enigma celta. ¿Magos o bárbaros?. Barcelona: Editorial Protusa.

César, C. J. (1986). La guerra de las Galias. (Goya Muniáin, J. y Balbuena M. Trad.). Barcelona: Orbis.

Eq. de red. de Nat. Geo.  (2014, 24 de enero). Los druidas, los misteriosos filósofos de la Galia. National Geographic. Disponible en: http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/los-druidas_7918.

Rolleston, T. W. (2016). Mitos y leyendas celtas. Madrid, España: Turner Publicaciones S. L.

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