EL ESOTERISMO CELTA Y LA ESCUELA PITAGÓRICA

Los druidas eran considerados filósofos y teólogos por sabios de la Antigüedad como Posidonio de Apamea; y no fue el único, pues diversos autores se refirieron a los druidas con estas palabras a partir del s. IV a. C. Los griegos hallaban cierto paralelismo entre los druidas y los seguidores de Pitágoras, pues ambas instituciones tenían en común la práctica del secretismo, ya que transmitían sus enseñanzas de forma oral y eran sectas cerradas. También compartían el interés por el estudio del universo y las ciencias (Nat. Geo., 2014).

La escuela pitagórica era de carácter social, político y religioso. Para acceder a esta institución debían realizarse pruebas muy rigurosas, el celibato y la abstención de alimentos como la carne y las habas. El pitagorismo tenía un carácter religioso: Pitágoras era el depositario de una sabiduría que le había sido concedida divinamente, y dicha sabiduría no podía ser modificada por ninguno de los discípulos, permaneciendo devotos a la palabra del mentor (Aguilera y Martul, 1988: p. 38).

Los discípulos estaban obligados a guardar en secreto la doctrina, por lo que el pitagorismo estaba rodeado de misterios y de símbolos que guardaban el significado de sus enseñanzas. La doctrina se basa fundamentalmente en la creencia de que el número es la sustancia de todas las cosas (Aguilera y Martul, 1988: p. 38); es decir, que el principio de todas las cosas son las matemáticas. Según Aristóteles en Met., I, 5, los pitagóricos vieron en los números más semejanzas con las cosas que con la tierra o el fuego, siendo el “número la función de causa material que los jonios atribuían a un elemento corpóreo” (Aguilera y Martul, 1988: p. 38).

Los celtas, por otro lado, practicaban el culto arbóreo de forma general y también a cada una de las especies de árboles. Este culto se llevaba a cabo a través de Nemeton, la deidad protectora del bosque sagrado. Esta adoración se fundamentaba en la seguridad de los celtas de que la sobrevivencia de los humanos radicaba en el vigor y la salud que emanaba del bosque por sus grandes recursos naturales (Granados, 2007: p. 175).

Los bosques, aún así, eran considerados lugares de peligro por las criaturas mágicas que habitaban en él. Por tanto, los druidas, los sacerdotes guardianes del culto celta, situaron los lugares de culto en las profundidades del bosque, colocando sobre las ramas de los árboles numerosas ofrendas que resultaban de sacrificios. Jesús Granados cita al poeta latino Lucano, que describe los bosques sagrados en Farsalia de la siguiente manera: “Los leñadores llegaron hasta el antiguo bosquecillo sagrado. Sus ramas entrelazadas rodeaban un frío espacio central en el que nunca brilla el sol, pero donde abundando agua manaba de oscuros manantiales […]; los dioses bárbaros que aquí eran adorados tenían sus altares colmados de horribles ofrendas, y los árboles estaban salpicados de sangre humana […]. Nadie se atrevía a entrar en este bosquecillo excepto el sacerdote, e incluso él permanecía fuera al mediodía, entre el alba el crepúsculo, por miedo a que los dioses pudieran salir a tales horas” (2007: p. 176).

Al igual que para los pitagóricos era importante mantener en secreto sus enseñanzas de origen divino, los celtas consideraban el bosque un lugar secreto que albergaba una sabiduría divina a la que solo privilegiados tenían acceso y cuyo conocimiento los druidas eran los únicos capaces de interpretar. Es gracias a estos sacerdotes que la cultura celta alcanzó un nivel intelectual y espiritual muy elevado (2007: pp. 177-178).

Julio César, en La Guerra de las Galias (1986: p. 100), dijo sobre los celtas: “Esméranse sobre todo en persuadir la inmortalidad de las almas y su transmigración de unos cuerpos en otros, cuya creencia juzgan ser grandísimo incentivo para el valor, poniendo aparte el temor de la muerte”. Los pitagóricos también creían en la transmigración del alma, creían que la muerte suponía la separación del alma del cuerpo, que una vez se hallaba libre, vagaba hasta reencarnar nuevamente, pudiendo romperse dicho ciclo mediante la purificación (Ponsoda, 1992: p. 568).

Hipólito y Amiano Marcelino creen que los druidas fueron discípulos de Pitágoras, por lo que aprendieron aspectos de su filosofía como la creencia en la metempsicosis. Por otro lado, Clemente de Alejandría cree que fue al contrario, que Pitágoras fue discípulo de los druidas gálatas. Cabe destacar el respeto que sentían los filósofos griegos por los druidas, pues les resultaba asombroso que unos bárbaros fuesen capaces de concebir tan profunda filosofía (Aracil, 1992: p. 77).


BIBLIOGRAFÍA

Aguilera, C. y Martul, C. (1988). Historia del pensamiento. Madrid: Sarpe.

César, C. J. (1986). La guerra de las Galias. (Goya Muniáin, J. y Balbuena M. Trad.). Barcelona: Orbis.

Eq. de red. de Nat. Geo.  (2014, 24 de enero). Los druidas, los misteriosos filósofos de la Galia. National Geographic. Disponible en: http://www.nationalgeographic.com.es/historia/grandes-reportajes/los-druidas_7918.

Granados, J. (2007). La mitología celta: raíces y símbolos mágicos de la primera cultura europea. Madrid: Ediciones Martínez Roca.

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